La pelvis de Jenny ascendía hasta la atmósfera y caía, delirante, ya ahogada por el placer, hasta el infierno. Era una montaña rusa. Un columpio. Un paroxismo de articulaciones y tendones, física pura. Jenny dormía, y su pelvis, de arriba a abajo, frotaba la preciosa hendidura contra un almohadón cubierto con fundas de la infancia. Ah, niña, la infancia ¿ A qué horas nos ha dejado?

Despertar con la bragas levemente humdecidas; la viscocidad entre los muslos. Esto no es nuevo, las calenturas datan de un par de años atrás, pero semejante descontrol y abandono al éxtasis le parecían inquietantes.

Jenny entra al baño sin decir buenos días. La madre grita, desde algún rincón de la casa, un reproche sin importancia. Jenny ignora. Sus bragas tienen manchas celestiales. El olor de siempre, un poco cargado por la noche: delicioso.

El goce real
Antes de dar participación a sus dedos, acerca su rostro, tensionando los músculos del abdomen, lo más cerca que puede a su virginal intimidad. Se le hace agua la boca. El núcleo de placer, expuesto gracias a la posición de las piernas, sobresale con desespero, con ansias de ser acariciado. Emite señales electricas que destrozan toda la serenidad de Jenny. Aún no se toca, sin embargo, las piernas ya le flaquean.